Incertidumbre

3 Noviembre 2009

La solución drástica necesita su enfermedad cercana. La equidistancia entre la risa segura, entre la felicidad y la ingenua duda son solo distancias temporales: hay días buenos, hay días malos. Pero nada como el día en que la incertidumbre llegó a inundarlo todo consigo. Este monumento de incertidumbre cubre mi cuerpo a diario, hace escultura de nada o de todo, según como ande el día y el bolsillo, pero por sobre todo hace esculturas de vidas matándose entre sí. De cada decibel nacen los átomos de incertidumbre que sumados hacen un pobre sentimiento de pena. Suma o resta el colapso es total y la sociología que construyo día a día es mi propia panadería explicativa: no hay culpables, no hay aura. El conmemorador de los grandes hombres, el que lleva tatuado al insigne, intenta emanciparse de este colapso total, pero colabora con aquella fiera raza de los detentadores de la inteligibilidad, con los desarrolladores de esa inteligibilidad clásica: los que quieren todo el capital moral para sí mismos. A veces cuento hasta diez y pienso en mi hija, en las nuevas generaciones, que es, en el fondo, pensar en las nuevas formas de verdad, en las nuevas prácticas de verdad. Esta nota debería terminar aquí.

De la economía del desentendimiento, aplicada desde la inteligibilidad creada por alguien (alguien con intereses creados), surge la incertidumbre. Soledad, silencio, algo se confabula en mi rostro generando utilidades vagas, utilidades desterradas de cualquier seguridad. Esa es mi pérdida, esa es mi pasión, y cada noche, trotando por Avenida Pocuro, voy a reconstruir la verdad que me corresponda. Ocho de la mañana y entro al edificio donde trabajo. Los días pasan y los cuerpos pasan, pasan como ideando un plan. Y el contenido de esos planes tiene un valor de cambio para aquellos que se atreven a investigarlos. Pero, en el fondo, nadie sabe el plan de nadie, y así se vive en una ciudad, con incertidumbre.

Felipe Lefever Bustos
29, Octubre 2009